Qué mierda son las malas palabras PDF Imprimir E-mail
Escrito por Rafael Bruza   
Domingo, 02 de Agosto de 2009 18:47

El gran dramaturgo Rafael Bruza (Tango turco, Rotos de amor, El cruce de la pampa) nos envía este artículo como respuesta a nuestra consulta sobre la función de las malas palabras en su poética teatral.

 

Un par de cuartetas de mierda

Borges (me refiero a Jorge Luis) analizaba en un reportaje una cuarteta:“En el medio de la plazaDel pueblo de PehuajóHay un cartel que diceLa puta que te parió “Recuerdo que ponía el acento en dos cosas. La primera, la incidencia que tenía en la sonoridad la elección de Pehuajó. No solamente porque permitía la rima sino porque al ser un pueblo recóndito creaba la intriga sobre la posibilidad de un cartel de esta índole en el medio de la plaza. Conflicto: el exabrupto del cartel contrasta con la pasividad pueblerina. No es el anodino y acostumbrado “prohibido pisar el césped”. No es el monumento a Manuelita la tortuga y toda la dulzura que nos propone María Helena Walsh.El segundo tema era la gratuidad del mensaje, Es un porque sí. Casi un ejemplo del arte por el arte mismo. Necesidad de putear nomás, no importa por qué. Como el famoso graffiti  “puto el que lee”, frecuente en baños y elogio del analfabetismo. En su libro “De jardines robados” Bioy Casares (me refiero a Adolfo) atesoraba en sus cuadernos otra cuarteta:“Si Cristo murió en la cruzPor tres clavos solamenteCómo no va a morir tu hermanaQue la clavó tanta gente”La cuarteta ofrece un interesante contrapunto entre lo místico y lo pedestre, un descenso de la espiritualidad a lo físico. Y en estos opuestos, el verbo clavar salta de lo sagrado a lo grosero. Conflicto del verbo, cambio de significado por su intencionalidad. Como en la otra cuarteta se personaliza la agresión. Del dolor de la muerte de Cristo a los placeres de tu hermana. Del celibato a lo casquivano. 

Sobre la puta creación

Koestler (me refiero a Arthur) daba una excelente definición sobre el hecho creativo. “Crear algo es ver una analogía donde nadie la vio antes”. Increíble síntesis del hecho creativo. Primero porque de esta definición surge una distinción entre la creación divina y la humana. Crear no es hacer surgir algo de la nada sino reordenar o resignificar lo existente. Segundo porque otorga al hombre la capacidad de reflexionar sobre el mundo y proponer una nueva mirada. Para Koestler crear no es hacer sino mirar. Y lo hace a través de una figura literaria: la analogía. Cuando recorro las malas palabras me doy cuenta que en su mayoría son analogías. Concha, cajeta, zorro, tajo, globos, melones, limones, orto, camino de tierra, agujero negro, poronga, chorizo, verga, pelotas, huevos, sable. Alguien, vaya a saber en qué tiempos vio la analogía y empezó a utilizarla. Y lo mismo pasó con los verbos. Clavar, ensartar, chupar, gomear, mamar, empalar, serruchar. Y de allí a otras construcciones: bajarse al pozo, enjabonar el palo, sacudir el frasco. En ciertos casos, los modismos desplazaron el significado original para convertirse en un significado en sí mismo. Para el argentino, la concha dejó de ser la caparazón del inocente molusco bivalvo para convertirse en el órgano femenino. Obviamente esto no es así en España donde concha es concha e incluso un respetable nombre femenino. Y esas diferencias es lo que permite construir la humorada. Reunión social. Presentación.Ella: Isabel Pura Concha de Aragón.El: Juan Medina pura pija correntina.Relatividad del lenguaje. Significados distintos.Pero lo importante de la definición de Koestler es que la creación es una puta: va con cualquiera. No está reservada a ningún espíritu en particular sino a quien sea capaz de descubrir la analogía. Y será más pura o más sucia, pero todos somos creadores. 

 

Patricia, la del polvo en el zaguán 

 

“¿Esta es la hija de la que me hablaste, Patricia?” “No, yo te hablé de la otra, que es una santa. Esta es una hija de puta. Esta es la del polvo en el zaguán.”  Y la nena me sonreía orgullosa. Increíble. Nunca había escuchado definir a una persona a través del acto mismo de procreación. Metafísica pura. Ni una pizca de intelectualidad, y sin embargo, capaz de generar imágenes impúdicas a una velocidad alucinante. “Si no me lo cojo a Raúl, cuelgo la concha y los guantes de invierno.” Fabuloso. La vieja expresión boxeadora de colgar los guantes, refundada en una imagen imposible en el perchero. Fuera de la temática no generaba nada. Es que su espacio creativo quedaba resumido a su cuerpo y a través de éste la relación inmediata con el mundo. Es el espacio de creación popular. Se plantea así una deferencia entre los espacios creativos. En las personas cultas la creación es un espacio intelectual o espiritual. Es la comprensión del mundo a través de lo trascendente, de lo intangible. En las personas comunes ese espacio es su cuerpo y la inmediatez de los instintos. Es comprender su lugar en el mundo a partir del mandato de la parte animal. La sociedad occidental y cristiana ha escindido la mente del cuerpo, laureando una, condenando el otro. Y el intelectual ha heredado esa escisión. Todo lo que surja de ese espacio popular es menor, impúdico, intrascendente. Lo poético tiene letras mayúsculas, surge de espíritus cultos capaces de ver más allá. La materia es el alma. El cuerpo es sólo un escollo que debe sobreponerse. Claro que esto es un esquema, pero explica el desprecio de los espíritus refinados para con lo popular. Y lo popular construye también poéticas, una poética para muchos incomprensible, soez, perturbadora,  y por eso condenable. Es cierto que gran parte de lo popular no construye poéticas, ya que la poética exige un reordenamiento, una conciencia de construcción. Pero los elementos están allí, actos creativos esperando conformar una obra. O quizás esta obra ya esté conformada a través de tantos elementos sueltos que se nos escapa la unidad que tienen, y sólo sean la sumatoria de creadores aislados. 

Pensando con el upite

Twain (me refiero a Mark, o Samuel Clemens), quizás el mayor humorista de todos los tiempos, se ocupó de investigar ciertos chistes. Encontró que muchos de ellos se repetían con variaciones en distintas regiones e incluso que tenían cientos de años de antigüedad. Así dio que varios de ellos provenían de los sufis. El sufismo no utilizaba el chiste simplemente para producir la carcajada sino como manera de alterar el razonamiento lógico convencional. El chiste era una enseñanza. Obligaba a tener otra manera de mirar al mundo. Y esa es la quintaesencia del hecho creativo: la construcción de un universo con su propia logicidad.El chiste es esa construcción. Es la síntesis que nos ubica en la puerta de entrada de una universo distinto. Como la punta de un iceberg de un universo desarrollado en su parte inferior. Y aquí es donde vuelve a aparecer el prejuicio para acceder o no a ese universo.Las reuniones de muchachos terminan indefectiblemente en una ronda de chistes verdes. Momento de acceso a lo prohibido. Complot contra lo social. Reconstrucción de un universo sin culpas. Reflexión sobre un cuerpo sin prejuicios. (El Decamerón es una reunión de este tipo. ¿Somos los reproductores inconscientes de una estructura estética? ¿O la estructura estética le copió a la realidad?) Es que ese ha sido el tránsito del artista. De su condición de descastado a la aceptación social pero con determinadas normas. Y hay temas que quedaron afuera para poder ser aceptados. De allí devienen artistas que se los terminó llamando “under”. Son los que reproducen la reunión de muchachos, la ronda de chistes verdes, la reflexión desde un universo prohibido. Lo “under” es lo que permitió la supervivencia de la creación marginada.Graffiti en frente de los mingitorios de un baño de caballeros:“Piense, razone, medite,Si lo que tiene en la manoLo tuviera en el upite”Incitación a la filosofía. Casi un haiku. Es que lo “under” siempre existió a través de los graffiti, chistes, artistas. Lo “under” es una manera en sí misma de reflexión, una manera de cuestionamiento, de poner en crisis los valores. 

 

La fábula de la almejita y la concha de su madre 

 

Había una vez una almejita que perdió su concha. Desprotegida y en el medio del océano se encontró con una amiga. “Perdí la concha” le dijo. “¿Puedo refugiarme en la tuya?”. “De ninguna manera” le contestó. “Tomátelas”. Siguió su derrotero hasta encontrarse con otra. “Estoy sin concha” le dijo. “¿Puedo estar en la tuya?”. “No, rajá de acá”, le gritó la otra. Por fin se encontró con su mamá. “Mamá, perdí mi concha. ¿Me das lugar con vos?” “Sí”, le contestó la madre. “Vení conmigo.Moraleja: si tenés un problema grave, andate a la concha de tu madre.Aclaración: la fábula no es de Esopo. Circula por Internet. Otra manera “under” de comunicación.La fábula, tradicionalmente destinada a la enseñanza anodina, toma en virtud de las malas palabras una fuerza inusitada.Una de las primeras enseñanzas que se les da a los chicos es no decir malas palabras. Entonces el chico acude al diccionario para enterarse por qué son malas. ¡Qué decepción! Concha es la caparazón de los moluscos, cajeta (Mexico) es un dulce preparado con leche de cabra, poronga no figura pero sí porongo que es una calabaza con cuya corteza se fabrica el mate, orto es la salida del sol. No se entiende muy bien por qué entonces decir “qué hermoso orto” es una guasada y no una loa a la naturaleza. Pero los padres, que nunca se equivocan, dijeron que son malas, que no hay que decirlas. Y quedaron allí esperando. Aparecen entonces ante el descontrol  o ante el juego adulto de los chistes, donde el adulto vuelve a ser niño para jugar con lo que se le ha vedado. La represión se transforma luego en postura intelectual o en desprecio. Pero siguen allí.Es que la mala palabra es una exteorización de una interioridad reprimida. Es la válvula de escape ante una situación que nos supera. Es el énfasis en una oración a la que no le bastan los sinónimos. Es la catarsis del lenguaje. Pero también es el chiste. El giro inesperado. La broma sobre la flaqueza humana. La capacidad de reírnos de nosotros mismos.  Y el tema no debe ser tan grave si podemos reírnos de ello. Es por eso que la mala palabra encuentra en el humor su propio espacio, su verdadera dimensión. Casi diría, su verdadera razón de ser.El niño es inocente. La inocencia significa una mirada no valorativa del mundo. Y si el arte es la mirada no social, la mala palabra es para el chico el  primer punto de contacto con las posibilidades de la creación. 

 

El teatro y la puta que te parió

 

 Sería un error confundir el diálogo teatral con lo coloquial. En tanto parte de la literatura, lo teatral conforma una estructura poética en forma de diálogo. Su semejanza o no con lo coloquial depende del grado de realismo que quiera imprimirle el poeta. La mala palabra, en lo teatral, tiene varias aristas y objetivos.a)      Particularizar el lenguaje de un personaje.b)      Enfatizar la expresión en lo descriptivo.c)      Revelar una situación límite por la que se transita.d)      Traicionar una poética o alterar una situación.e)      Conformar un universo particular.Nunca la mala palabra es gratuita. Es parte integrante de la construcción poética que hace el artista. Y si causa gracia o produce conmoción no es justamente porque se parece a lo coloquial. Todo lo contrario. El impacto existe porque es poético. Porque se percibe lo que una vez fue coloquial de una manera y en una dimensión distinta. Dejó la calle para pasar a las letras y en ese tránsito abandonó su significado y uso original para ponerse al servicio de un objetivo orientado por el poeta.El teatro, en tanto y en cuanto trabaja con elementos perturbadores. Se ha enfrentado permanentemente con el juicio del lector (espectador) sobre esos elementos. De allí devienen ciertas expresiones comunes: si en la obra el desnudo está “justificado” o la mala palabra está “justificada”. Increíble. Deseos de corregir o construir sobre otra nuestra propia obra. Y si hay tantos Quijotes como lectores del Quijote, lo que estamos poniendo en tela de juicio no es la obra de Cervantes, sino nuestro propio prejuicio. Juzgar o “justificar” un desnudo o una mala palabra es mostrar nuestros propios pruritos. Y quizás ese sea el objetivo del artista. 

 

San Martín se tiraba pedos

 

San Martín (me refiero a José de) se tiraba pedos. No lo conocí pero estoy seguro de ello. Lo único que no puedo asegurar es cuántos pedos se tiró en su vida.Imaginar un San Martín tirándose pedos no ofende ni empequeñece su figura. La humaniza. Porque todos nos tiramos pedos. Los hechos escatológicos son absolutamente democráticos.Imaginar una San Martín que no se tire pedos es irreal. Una divinización. Algo le va a faltar que nos permita pensar que a pesar de tantos pedos también nosotros somos capaces de cruzar Los Andes. Sería un San Martín incompleto.Concebir un lenguaje sin malas palabras es como concebir un San Martín sin pedos. Claro, sería más elegante. Pero menos humano.

 

Actualizado ( Domingo, 02 de Agosto de 2009 18:59 )
 
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