“Toda escritura supone una filosofía.” Algunas reflexiones acerca de Sartre y el cine PDF Imprimir E-mail
Escrito por Araceli Mariel Arreche y Karina Giberti   
Viernes, 10 de Julio de 2009 22:48
El pensamiento de Jean-Paul Sartre sobre el cine como lenguaje y acontecimiento político.[i]   

El propósito de este encuentro estriba en acercar la figura de Jean-Paul Sartre al arte cinematográfico. Se buscará trazar un itinerario en dos tiempos que reflexione, en primer término, sobre la mirada del autor acerca del dispositivo - sus observaciones y comentarios sobre el cine como forma estética y su quehacer en tanto guionista -, para derivar en un segundo momento en la mirada que el cine ha hecho del propio autor, indagando textos fílmicos que reconocen como fuente el universo ficcional sartreano.

 Primer tiempo… La mirada de Sartre sobre el cine. 

Es indudable que la figura de Sartre nos lleva a pensar en una vasta producción de diferente origen e intención. Filósofo, ensayista, novelista, autor dramático, Sartre es una de las figuras más relevantes del siglo XX. Este espacio intenta un acercamiento a una de sus facetas menos conocida o quizás poco frecuentada, la del cinéfilo.

En muchas de sus entrevistas, conferencias e incluso en los comentarios de sus propias piezas el autor entrega agudas observaciones sobre el cine tanto francés como extranjero. Las más conocidas quizás sean las notas para una conferencia pronunciada el 6 de mayo de 1958 en el Sanatorio Bouffémont publicada bajo el título de “Teatro y cine”, donde Sartre desarrolla ciertas ideas confrontado estas dos artes representativas desde sus lógicas propias en tanto acontecimientos pragmáticos diferentes. Allí reconoce la dimensión social del teatro y su naturaleza convivial, señalando la impresión de realidad con la que trabaja la imagen fílmica como el lugar propio de acercamiento ilusorio que propone el dispositivo cinematográfico. Alude también a uno de los problemas actuales en los estudios de recepción, poniendo en consideración la libertad del espectador teatral por sobre la del espectador de cine, al afirmar que “en el teatro uno mira lo que quiere. Por eso es tan difícil a los actores mantener la postura mientras otro habla” en oposición a la “visión guiada” del espectador de cine donde “se me hace ver lo que se quiere” ya que “nuestra percepción de las imágenes está dirigida”. (Sartre: 1979, 65)  

Sus apreciaciones sobre el cine van más allá de ciertas observaciones en cuanto al funcionamiento del dispositivo y es allí donde encontramos en Sartre a un agudo crítico,

En 1945, en el quinto número de la revista parisina L’Ecran Français, nuestro autor escribe sobre CITIZEN KANE:Nunca se hizo tanto ruido en el cine francés como con el film de Orson Welles Citizen Kane. Welles ha hecho una estremecedora obra maestra; ahora, mientras los productores se inquietan, el público se relame. Pero la realidad es menos seductora: he visto este film en Nueva York y creo comprender la razón de este empacho prematuro: Citizen Kane es sorprendente y nuevo en América, porque tira por el suelo el modo de vida norteamericano.                    Y es su reputación americana lo que nos llega a nosotros. No sorprenderá a los franceses que                    han tentado cientos de veces, en la época heroica del cine, realizar este género de films; en                    una palabra, es una obra intelectual, es la obra de un intelectual. Obra interesante,                    ciertamente, obra única en los Estados Unidos, pero no ganará nada al ser transplantada a                   Europa (...) 

Más adelante continuará su detalle esgrimiendo un análisis de la estructura:

 El film está concebido como un problema: primero los datos, luego el enunciado y la solución es dada en las últimas imágenes. Esta exposición del tema no es para sorprender a un francés: Faguet ha dicho hace tiempo que nuestro teatro y nuestras novelas son                    “problemáticas”. Las novelas policiales nos han despertado el gusto por la encuesta. Y es realmente a una encuesta a lo que nos recuerda Citizen Kane.  

En los párrafos siguientes terminará de cerrar su idea; estas formas no son originales para el francés acostumbrado a una tradición cinematográfica disímil a la norteamericana.

 La obra de Orson Welles ilustra bien, a mi criterio, el drama de la “intelligentzia” americana, sin tradición y totalmente desarraigada de su pueblo. El film de masas, el que hace delirar a las chiquilinas de Texas o de Nuevo México, ignora enteramente las sutilezas-arte. No tiene, infelizmente, intenciones sociales ni culturales. Es el “opio del pueblo” y él se muestra encantado.Como se sabe, las “élites” americanas están hastiadas. Por eso cuando uno de sus miembros hace un film lo hace “contra corriente”: se ríe de la historia, no le interesan las superficiales emociones que Hollywood sabe tan bien provocar; intenta introducir en el film una psicología y procedimientos narrativos importados de Europa. Pero como no está arraigado a la masa y como no parte de sus anhelos, hace un film abstracto, intelectual, en el aire. El estilo de Orson Welles me recuerda al de ciertos poemas, ciertas novelas de la “élite” neoyorquina: como dirían los Goncourt, son ejercicios de caligrafía. Y es, en verdad, un raro mérito que los Estados Unidos tengan un “calígrafo”. Pero nosotros nos morimos por ser demasiado artistas. Hemos tenido a L’Herbier, Epstein, Gance, Dullac, Delluc. La caligrafía, aun hoy, es responsable de ciertas lentitudes de Carné y lo mismo en Delannoy. Citizen Kane no es para nosotros un ejemplo a seguir. 

Más allá de la lectura crítica sobre el filme, Sartre demuestra aquí un profundo conocimiento de la industria cultural norteamericana, a la vez que una visión ajustada del funcionamiento de la propia tradición cinematográfica francesa.

La relación entre Jean-Paul Sartre y el cine no se agota en sus reflexiones acerca del quehacer cinematográfico ni en las transposiciones fílmicas de sus propios textos a la gran pantalla; Sartre fue también un guionista, aunque su producción en este ámbito corrió una suerte dispar.

Cinco fueron las tramas que este autor desarrolló durante su labor en el área de guiones de los estudios Pathé, trabajo que había conseguido en tiempos de la ocupación alemana gracias a los oficios de Jean Delannoy y René Delange: La suerte está echada (Jeux sont faits), Typhus, L´apprenti sorcier, La grande peur y Résistance. Sólo dos de ellos fueron filmados (La suerte está echada, con dirección del propio Delannoy, fue estrenada después de terminada la Segunda Guerra Mundial[ii], y Typhus, rodada en México bajo el título Los orgullosos según adaptación de Aurenche y Allégret).

Fuera de la producción para la casa Pathé, Sartre escribió el guión de El engranaje (L´ engrenage). Escrito en 1946, durante la posguerra y cuando el mundo comenzaba a enterarse de los excesos cometidos en la Unión Soviética bajo el régimen estalinista[iii], este guión – originalmente titulado Las manos sucias (Les mains sales), como la obra de teatro escrita en 1948- nunca fue llevado a la pantalla a pesar de que Bernard Borderie iba a hacerlo en 1949. Sin embargo, el texto fue representado varias veces en escena bajo la dirección de importantes figuras del teatro mundial como Piscator en Alemania o Strehler en Italia.

Aunque centraremos nuestra reflexión en este último texto, resulta imposible dar cuenta cabal de los rasgos de la escritura fílmica sartreana sin mencionar La suerte está echada que, como afirmáramos más arriba, tuvo un estreno poco auspicioso en su versión de 1947 dirigida por Jean Delannoy, con las actuaciones de Micheline Presle, Marcello Pagliero, Marguerite Moreno y Charles Dulin, entre otros. Este guión refiere una historia en la que los espíritus de los muertos conviven con los hombres vivos y se centra en los personajes de Pierre Dumaine y Eve Charlier, quienes se enamoran una vez fallecidos y – debido a un error de cálculo que evitó su encuentro terrenal – tienen la posibilidad de volver a vivir sólo si logran unir sus destinos antes de un lapso de veinticuatro horas. Todo esto transcurre en el marco de un país dictatorial, gobernado por un Regente que Pierre y un grupo de conspiradores intenta derrocar.

En La suerte está echada aparecen ciertas constantes presentes en gran parte de la producción de Jean-Paul Sartre. La problemática del poder y cómo éste influye en la vida de los seres humanos, las diferencias de clase que matizan las relaciones entre los personajes, el conflicto entre lo individual (en este caso el amor de Pierre y Eve) y lo colectivo (el intento revolucionario que Pierre debe comandar), y los interrogantes acerca del hombre y su existencia en un mundo conflictivo son tópicos que circulan este texto.

La historia de El engranaje, por su parte, transcurre en un país imaginario que el autor mismo ha definido como “pequeño (…), rico en petróleo (...), en total dependencia del extranjero” (Sartre: 1979, 278). Tomando como eje el juicio al dictador socialista Jean Aguerra, quien había llegado al poder siete años antes mediante una revuelta, el relato está enmarcado dentro del proceso revolucionario que lo derroca.

El juicio a Aguerra es utilizado por Sartre para profundizar en la historia de este personaje, los eventos que lo llevaron al poder y los motivos por los cuales es derrocado al momento de comenzar el relato. Mediante sucesivos flashback que se remontan hasta trece años antes, generalmente cortados por breves escenas del tribunal o de las primeras situaciones a las que debe hacer frente François (líder del levantamiento y nuevo gobernante elegido por los cabecillas de la revuelta), esta información nos es aportada por diversos personajes que circulan la trama: Darieu (antiguo camarada y partícipe del gobierno de Aguerra), Suzanne (ex – amante del ya depuesto presidente), el ayuda de cámara del Palacio de Gobierno, Hélène (viuda de Lucien Drelitsch, con quien compartía el apoyo a la causa que provocó la llegada de Aguerra al poder tanto como para convertirse en la secretaria personal del dictador aún después de que su marido fuera asesinado por órdenes de éste, quien siente por ella una secreta pasión) y el propio Jean Aguerra.

En esta sucesión de puntos de vista reside gran parte de la innovación que, a nivel del relato cinematográfico, propone Sartre en El engranaje. Desde una perspectiva de análisis narratológico es posible afirmar que nos encontramos frente a un relato en focalización interna múltiple (Gaudreault y Jost: 1995), lo cual significa que los acontecimientos son narrados desde el lugar de distintos personajes que evocan un mismo evento en variadas ocasiones según su particular punto de vista. Esto pude observarse, por ejemplo, cuando Suzanne y Hélène reconstruyen la misma escena de manera diversa, teniendo cada una de ellas una visión propia y contrapuesta de la otra así como de la situación narrada:

DECLARACION DE SUZANNE (NUEVE AÑOS ANTES)(…)Suzanne sentada teje. Llaman a la puerta. Suzanne abre. Es Hélène, que entra como por su casa.(…) Hélène, muy arreglada y muy intranquila, muy provocativa y muy vulgar, se dirige directamente     al cuarto donde Jean trabaja. Abre la puerta sin llamar. (…) Suzanne, de pie en el umbral de la   puerta, insinúa claramente su decisión de quedarse. Hélène tose para aclarar la voz y después le   advierte insolentemente:      - Discúlpame, Suzanne, pero tengo que hablar a solas con Jean.       DECLARACION DE HELENE (NUEVE AÑOS ANTES)   (…)  Hélène frente a la puerta del departamento. No es la misma Hélène que describió Suzanne. Es muy                      joven, apenas arreglada y muy modestamente vestida. Tiene un aspecto de ansiedad y tristeza, y si    se te (sic) nota una especie de seguridad, nada hay en ella del desplante insolente que le atribuyó  Suzanne. Hasta su tono de voz es distinto. Llama a la puerta de Suzanne, a través de la cual viene el rumor de una radio. Mientras Hélène   espera que le abran, se oye su voz que dice:  - No tejías, estabas escuchando la radio… La puerta se abre y Suzanne aparece. Tiene el mismo arreglo de la cara y el mismo vestido   provocativo  con que presentó a Hélène en su declaración. - Suzanne – le dice Hélène -, sucede algo espantoso. Es necesario que hable con Jean. Suzanne la mira con malevolencia. - Lo siento, Hélène. Pero está con gente. 

Otro caso a tener en cuenta es el del ayuda de cámara, quien recrea los sucesivos años al servicio de Aguerra. Resulta llamativo aquí el modo en el que este personaje, ante el temor de que los partidarios del mandatario derrocado retomen el poder, cambia de manera radical su descripción de un hecho frente al tribunal:

DECLARACION DEL AYUDA DE CAMARA (TRES AÑOS ANTES)(…) Jean está sentado a la mesa frente a Schoelcher. Es una mesa inmensa ocupada por unos veinte hombres y mujeres. Sobre ella se acumulan viandas, botellas y platería y cristalería suntuosas. Todos ríen a carcajadas, con una risa un poco alcohólica. Las mujeres están casi desnudas. Hay un ambiente de orgía. DECLARACION DEL AYUDA DE CAMARA (TRES AÑOS ANTES)Es exactamente la misma escena de la orgía evocada por el ayuda de cámara en su declaración anterior. (…) pero ahora es una orgía muda. (…)       Se oye una violenta explosión muy próxima y la voz del ayuda de cámara que dice             apresuradamente:               - No. El no reía.       Jean, Schoelcher y los comensales toman expresiones serias y comen.              Se oye al defensor inquirir:       - ¿Se reía o no se reía?              - Es que él reía sin reírse…- congenia el ayuda de cámara.              El rostro de Jean expresa bruscamente una especie de alegría solapada y casi interior.(…) 

El recurso de construir un relato fílmico a partir de diversas voces que asisten en la edificación de la historia ya había sido utilizado con anterioridad. Al comienzo del presente trabajo dábamos cuenta del ejemplo más citado, el de El ciudadano[iv], en donde varios personajes van tramando distintos aspectos de la vida de Kane. Esta película – como hemos visto - no era el modelo a seguir para Sartre.

En El engranaje, Sartre plantea una real multiplicidad de puntos de vista al proponer un suceso que se relata al menos dos veces de manera diferente por dos personajes (o uno que por miedo lucha entre dos versiones, como en el caso del ayuda de cámara). De esta forma, los sucesos narrados son fuertemente subjetivizados y están teñidos por los sentimientos de aquellos que los relatan; el despecho de Suzanne aparece en la imagen distorsionada que ofrece de Hélène, el temor del ayuda de cámara lo conduce a transformar orgías en reuniones de negocios. A través de la contradicción en los discursos enunciados, el relato desnuda la imposibilidad de alcanzar una verdad única, absoluta, objetiva.

Además de la estructuración del relato a partir de flashbacks, Sartre también hace uso de la reiteración de situaciones como recurso. Esto es lo que ocurre con dos escenas en el Palacio de Gobierno protagonizadas por Jean y François respectivamente, en las que se repite lo acontecido con el embajador alemán cuando se reúne por primera vez con ellos:

DECLARACION DE JEAN (SIETE AÑOS ANTES)(…)      Ahí está Cotte, el embajador. Este se inclina ante Jean con insolente cortesía (…)     - El Gobierno de mi país me ha encargado transmitirle que no piensa intervenir en los asuntos      internos. Por lo tanto, Excelencia, reconoce su autoridad.     - Perfectamente.- Pero hay un punto – prosigue el embajador -, en el cual no transigiremos, porque afecta intereses de nuestra competencia: debe quedar convenido que se mantendrá el statu quo en lo que concierne a las concesiones petrolíferas.       - Le haré saber lo que se haya decidido cuando lo considere oportuno.               - Todo atentado a la propiedad privada de nuestros connacionales será considerado por mi                Gobierno como un casus belli. Para un apoyo eventual de su demanda, mi Gobierno ha               concentrado treinta y cinco divisiones a lo largo de la frontera. EL DESPACHO DE JEANEl embajador está ante François. Habla cortésmente, pero apenas vela la amenaza que contienen sus palabras. François le escucha con aire colérico.- Mi Gobierno no desea otra cosa que mantener relaciones de amistad con el vuestro – dice el embajador -. Sin embargo estoy encargado de prevenirle, que si se nacionaliza el petróleo y se despoja a nuestros connacionales, esto será considerado como un casus belli. 

Estas escenas nos remiten directamente a una idea de circularidad del relato; aquello que ya ha ocurrido volverá a acontecer, no existe posibilidad de escape del gran mecanismo instalado por el poder lo cual significa que François seguirá indefectiblemente los pasos de Aguerra. El título, aglutinador de sentido, lo confirma. El autor nos ha inmerso dentro de un engranaje que no se detiene, no importa cuáles sean las buenas intenciones de aquellos que llegan al gobierno ni si adscriben a una ideología de derecha o de izquierda. Frente a esto, derrocado y derrocador apelarán a la misma respuesta: pedir un whisky y comenzar a padecer las acciones de gobierno. Es que “(…) el poder en sí mismo está corrompido en un país donde el extranjero reina por interpósita persona, y aquellos que lo detentan, a pesar de ellos, se vuelven criminales como Jean” (Sartre: 1979, 279).

Es conocido por otro lado que Sartre ha rechazado, retirando su nombre de los créditos finales, a más de un proyecto. Esgrimiendo los cambios sustanciales en la transposición se deshace de “Los orgullosos” y bajo argumentos similares decide hacerlo de “Freud”[v] proyecto dirigido por John Huston en 1962 (protagonizado por Montgomery Clift.) A propósito de éste trabajo el director diría en una de las tantas entrevistas dadas con motivo del estreno, que eligió a Sartre para este proyecto por sus desacuerdos con las ideas de Freud. “Consideraba los estudios de Freud valiosos por lo que habían aportado al conocimiento de la mente, pero de poco significado social. Su desacuerdo era más social que científico.”(…) “Lo elegí a él y no a otro porque Sartre conocía íntimamente la obra de Freud y sabía tanto de psicología que su propia inteligencia le impediría hacer un guión que no respaldara un enfoque objetivo y lógico”. Finalmente Huston debió llamar a Charles Kaufmman para dar por terminado el trabajo de guión ya que lo escrito por Sartre superaba las cinco horas de metraje.

 Segundo tiempo… La mirada del cine sobre Sartre. 

  Por otro lado, como se expresa en las primeras líneas de este trayecto, el cine ha elegido las ficciones sartreanas más de una vez. En nuestra propia cinematografía el estudio Aries, compañía de Fernando Ayala y Héctor Olivera, bajo la dirección de Pedro Escudero ha realizado A puerta cerrada (Huis clos, obra  teatral de 1944). El propio Ayala viaja a Europa en busca de los derechos que tramita por medio de la abogada de Sartre, Suzanne Blum, y comienza el rodaje en los estudios Baires – cito en Don Torcuato - el 19 de Julio de 1961. El trabajo cinematográfico planeado sobre la pieza se encauza en una doble versión – una en castellano con actores argentinos, otra en inglés con actores del Actors´ Studio, miembros del taller neoyorquino que se encontraban en Buenos Aires por aquel entonces -.

El argumento versa sobre tres muertos que llegan al infierno – representado como un vasto hotel- y recuerdan su vida ante la presencia ominosa de una suerte de groom. Esos recuerdos se filmaron con cámara subjetiva y sirvieron para ambas versiones. En la destinada al mercado hispano actuaban Inda Ledesma, María Aurelia Bisutti, Duilio Marzio y Frank Nelson, la dialogada en inglés la interpretaban Viveca Lindfors, Rita Gam, Ben Piazza y Morgan Sterne y la dirección era de Tad Danielewski.

Fue una realización que superó los 100.000 dólares de producción y transitó tantos inconvenientes como para no dejar de repasar el comentario de uno de sus productores al afirmar: “en una biografía de Sartre difícilmente importe que hayamos filmado una versión de su obra, pero en nuestra biografía, en cambio, es un hecho destacado haber sido estafados por él”. (Dichos de Fernando Ayala a propósito de la doble venta que hizo de sus derechos el autor francés.) La versión argentina finalmente fue estrenada en septiembre de 1962 y la inglesa se presentó en el mismo año en el Festival de Berlín bajo el título de No exit, obteniendo el Oso de Plata a la mejor actuación femenina.

El segundo caso en el que se detendrá nuestro itinerario de forma más amplia es la versión cinematográfica de Los secuestrados de Altona dirigida por Vittorio De Sica en 1961-1962. Representada por primera vez en el Teatro de la Renaissance bajo la dirección de Vera Korene el 23 de septiembre de 1959, Los secuestrados de Altona es la pieza teatral por la que Sartre concedió más comentarios. La versión fílmica presentada poco tiempo después es una coproducción franco – italiana y cuenta entre sus protagonistas a Sophia Loren, Maximilian Schell, Fredric March y Robert Wagner. 

El propio Sartre declara a propósito de su obra que con ella intenta “desmitificar el heroísmo (militar) mostrando el vínculo que lo une a la violencia incondicionada. Y que “eso concierne a todo el mundo” (Sartre: 1979, 228)

Conociendo el trabajo de Vittorio De Sica en el cine italiano de los cuarenta y cincuenta, no es difícil arriesgar las afinidades que el director encontró en la pieza de Sartre y que lo decidió a inscribirla en su repertorio fílmico. Junto a Zavattini, De Sica forma parte de un debate - el neorralismo- en torno a la forma en que el cine puede acercarse a la realidad. Una preocupación nueva del realismo que proponía la recuperación de la función de la mirada implicada del cineasta y de las capacidades reproductoras del cine como medio de comunicación. Una estética que buscaba crear una correspondencia entre la representación de la realidad y la experiencia vivida en la posguerra italiana. De Sica centró su estrategia realista en observar la vida cotidiana y retratar la tragedia de los seres humildes a partir de la crónica pero alejándose de todo interés documental, de tal manera que muchos hoy coinciden en pensarlo como un sociólogo de la cotidianeidad (Quintana).

Es entonces en la encrucijada de la modernidad cinematográfica donde De Sica trabaja con Los secuestrados de Altona y vuelve a mostrar su capacidad para retratar desde una poesía desgarradora la soledad humana y la inasistencia de la sociedad, dando a su película el carácter de “testimonio de una época”.

Atendiendo a las diferentes modalidades de enunciación que plantean la práctica teatral y la cinematográfica[vi] buscaremos indagar en principio desde la puesta en escena la circulación del texto fuente (texto dramático) en el texto destino (texto fílmico)[vii].

De Sica sitúa su filme en Hamburgo (Alemania) y al igual que el texto fuente despliega la historia de “los Gerlach”, centrando su preocupación en la connivencia de estos personajes, una familia de industriales que sin ser nazis adoptan la divisa nazi, que despreciándolos se enriquecen con ellos. Como lo afirma Sartre a propósito de su texto:

“Con personajes como los Gerlach tenía de entrada a mi disposición una contradicción fundamental, que es la que se da entre el gran poderío industrial de esta gente, su título nobiliario, su pasado, su cultura y su colaboración con los nazis, a quines ellos despreciaban. Ellos piensan en contra y actúan a favor. De esta manera podía poner en claro el problema de la connivencia, que es esencial si uno quiere comprender a los hombres.” (Sartre: 1979, 230) 

Es así como más allá de los desplazamientos que el texto fílmico trabaja sobre el texto dramático, su interés en mantener la tesis sartreana permanece “ninguna sociedad que se transforma en represiva está exenta del riesgo de la tortura”.

La narración fílmica elige una ocularización cero; la cámara subrayará la autonomía del narrador en relación a los personajes de la diégesis, un punto de vista que predomina y que afirma al meganarrador en su condición enfrentándonos permanentemente al carácter  representacional de la ficción, alejándose de toda ilusión de realidad promueve así un acercamiento al “realismo crítico”.

Así como lo plantea el texto dramático, el filme se centrará en la contradicción moral de estos sujetos, contradicción que no los aleja de la responsabilidad de ser cómplices. Von Gerlach - el padre -, Franz - el primogénito -, Werner y Leni - sus hermanos - y Johann - esposa del hijo menor y única “extranjera” en ese universo familiar -, serán los agonistas del drama, responsables de dar un momento de la realidad social e individual, de encontrarnos de alguna manera con lo que Sartre nomina “el mito filosófico”.

El relato fílmico abre - a manera de prólogo- con una breve secuencia circulada por los créditos donde se enfrenta al espectador a un tiempo pasado respecto al presente que manejará la trama. Una serie de planos generales circulado por tanques, soldados en medio de la nieve y la inscripción Smoliensk 1943 inscriben claramente el referente aludido: Rusia bajo la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial.

Una secuencia donde la banda sonora acompañará con motivos musicales -abandonados definitivamente una vez que se ingrese a la historia propiamente dicha- a la confrontación - en imagen - de dos bandos donde se insinúa la tortura como método sistemático elegido por los militares nazis para con sus enemigos.

Dicha secuencia, actuando desde los márgenes del gran sintagma, evidenciará su sentido al precipitarse el cierre del relato fílmico, momento en el que la verdad postergada salga a la luz: “Franz es un torturador.”   Allí esas imágenes cobrarán su significado, su carga de prueba, ese retrato que otrora fuese solo un vínculo débil, una imagen dispersa completará su identidad entregándonos al “rostro del responsable”, el rostro de Franz.

De alguna manera De Sica retoma la necesidad que Sartre manifestaba al querer mostrar el “después” de esos que han sido verdugos, que han aceptado serlo, desde la indagación de su entorno familiar.

Como acostumbró en su cine anterior, la estrategia de De Sica se concentra en una cámara que está pendiente de los límites del espacio y que se propone definir, mediante el encuadre, el marco que parece regir la libertad de los protagonistas. De Sica, a diferencia de Sartre, introduce otros espacios por fuera de la mansión de los Gerlach: el consultorio médico donde el jefe de familia sabrá de sus seis meses de vida víctima de un cáncer en la garganta, el astillero que nos dará una idea acabada del imperio industrial de la empresa familiar, el teatro y los alrededores de la mansión donde nos encontraremos con las huellas que han dejado los campos de concentración.

Espacios abiertos y cerrados, urbanos y rurales, espacios disímiles igualados en su composición –encuadres cerrados, o descentrados por la disposición de los personajes recortados en sus límites para demarcar la condición del drama, la inestabilidad producto de la contradicción interna de estos sujetos que traman la historia. La planificación de la imagen fílmica encarna el sentimiento de ambigüedad que provoca la pieza dramática; en su mayoría los planos generales y de conjunto privilegian la horizontalidad y acentúan el vacío dejando en los márgenes a sus personajes, asimismo los primeros planos entregan rostros incompletos, vulnerados, y la restricción de picados y contrapicados a momentos específicos de la trama acentúan la tensión del universo que se retrata. “Nada es simple, ni la moral, ni la política y sin embargo hay actos inaceptables.  (Sartre: 1979, 239)      

El filme deviene en un viaje hacia el reconocimiento mutuo entre el padre y el hijo. El drama, como en Sartre, está jugado de antemano. Gerlach va al encuentro de su hijo y le dice la verdad con la intención de que ambos decidan eliminarse y, efectivamente, los dos se matan. Si bien la imposibilidad de reconciliación se mantiene en ambos textos, el texto destino decide dejar de lado la forma de desenlace que su texto fuente plantea; no serán Johana y Leni las que nos informen sobre la tragedia que sucederá en el Elba, sino que asistiremos al “acto mismo”, a una nueva constatación. Franz y su padre se dirigen al astillero, a ese imperio que los enfrenta a la verdad, y es allí donde encuentran la muerte precipitándose al vacío. Un fuerte contrapicado sobre el esqueleto de una nave planeada para la Argentina nos entrega los dos cuerpos inertes que no es otra cosa que la certidumbre de la derrota, la imposibilidad de renovación de ciertos actos. Como dice el autor francés, esta imagen nos ofrece el “crepúsculo de los dioses.

Dentro de este trayecto, donde la verdad se posterga para dar a luz una indagación filosófica sobre la tortura sin enmascaramiento y hacer así una condena pública de ella, es interesante rescatar el rol de Leni y Johana, las dos mujeres de los Gerlach. Ambas responsables de la única alternativa que Franz tiene en el presente, “la muerte”. Como lo señalase Sartre a propósito de su obra, Franz tuvo una única alternativa en 1944 pero en el presente la perdió. Leni es aquella portadora de la verdad, aquella que mata a su hermano poco a poco manteniéndolo vivo en su “secuestro”; la otra lo hace al ser quien busque entender y acercar a este hombre al reconocimiento. Franz no soporta la mentira porque lo acerca a la locura pero tampoco puede con la verdad porque lo lleva a la muerte. De Sica interpreta este conflicto de manera cabal y resuelve trabajar una puesta específica para problematizarlo en imagen. Por única vez el narrador delegará el punto de vista a la subjetividad de sus personajes en esos momentos donde la verdad se hace presente. Cuando Franz se engaña creyendo que puede obtener la redención y sale de la mansión en busca de Johana, su itinerario por aquella Alemania que él concebía muerta le restituye una imagen distinta que lo golpea y lo sume definitivamente en la crisis. A su vez cuando la ratificación de la verdad en boca de Leni - “Franz es un torturador” - lleva a Johana al reconocimiento, la cámara se plegará a la dimensión del golpe y observaremos en toda su extensión los dibujos que tiñen las paredes del cuarto de Franz, imágenes que restituyen la violencia de los actos ejecutados en tiempos de la guerra, que devuelven la figuración del “horror”.

Un comentario aparte y para cerrar estas observaciones merece la presentación que elige De Sica para traer a escena a Johana, tomando su condición de actriz a la que alude el texto dramático. El director elige incluirnos dentro de una representación en la representación, somos espectadores del episodio 24 de la pieza de Bertold Brecht Terror y miseria del Tercer Reich. Dicho intertexto no sólo le permite al director una descripción rápida y definitiva de este personaje respecto al rol que jugará en el universo de “los Gerlach”, el de “la extranjera, la pariente política que tiene a su cargo decir la verdad que ellos callan”, que debe “poner en evidencia aquello de lo que huyen” sino que amplía el universo simbólico que discutirá el drama.

De alguna manera nos lleva a pensar que De Sica busca en su cine lo que Sartre promueve con su teatro, “un lugar donde aparezcan nuestras contradicciones”.      Un punto de llegada. 

El presente itinerario, en el marco del “Ciclo Mirador del Teatro Francés Contemporáneo, sobre Jean – Paul Sartre a propósito del centenario del autor de A puerta cerrada”, ha buscado acercar al público a un punto de vista poco frecuentado sobre el autor francés. Desde la presentación e indagación de textualidades disímiles se trató de crear un punto de partida para futuras investigaciones más profundas y, quizás, más pertinentes de la presencia de Sartre en el medio audiovisual del cine.

Convencidas de la necesidad que supo esgrimir el propio autor allá por 1947 cuando dijo:

“Hay que aprender a hablar en imágenes, a trasladar las ideas de nuestros libros a los nuevos lenguajes” (…) ¡Viva el cine, escuela de civilización, monumento de filosofía viva, arte! ¡Viva el cine que nos enseña “la belleza del mundo donde vivís, la poesía de la velocidad, de las máquinas, la inhumana y espléndida fatalidad de la industria! ¡Id mucho al cine!” (en: Lévy: 2001, 55)   Bibliografía. 

Agel, Henri. 1957, Vittorio De Sica. Buenos Aires, Losange.

Gaudreault, André y Jost, François. 1995, “El punto de vista” en El relato cinematográfico.Barcelona/Buenos Aires, Paidós.

Lévy, Bernard–Henry. 2001, El siglo de Sartre. Barcelona, Sine Qua Non.

López Daniel. 2004, “Sartre, el estafador.” En: CINEMANIA, Año: 1, Nro. 1.

Quintana, Angel. 1997, EL cine italiano 1945-1961. Del neorralismo a la modernidad. Barcelona, Paidós.

Sartre, Jean-Paul. 2004, La suerte está echada. Buenos Aires, Losada.

Sartre, Jean-Paul. 2004, El engranaje. Buenos Aires, Losada.

Sartre, Jean-Paul. 1992, Los secuestrados de Altona.. Buenos Aires, Losada.

Sartre, Jean-Paul. 1979, “Teatro y cine”. “El engranaje”. “ Los secuestrados de Altona.” En: Un teatro de situaciones. Buenos Aires, Losada.

Sartre, Jean-Paul. 1945, CITIZEN KANE. En: L’Ecran Français, nº 5, París.

  


[i] Trabajo presentado en: Jornadas El teatro de Jean-Paul Sartre (en el centenario del autor de “A puerta cerrada”). Ciclo Mirador del Teatro Francés Contemporáneo. Coordinación Jorge Dubatti. Sede: Auditorio de la Alianza Francesa, año: 2005.

[ii] En los países de habla hispana, este filme fue lanzado como Cita con la muerte.

[iii] Recordemos que la verdad sobre el estalinismo sale a la luz luego de la muerte de su líder, en 1953. Sartre mismo, como intelectual marxista, adoptará una postura crítica hacia el régimen mucho más adelante.

[iv] Citizen Kane. Dirigida por Orson Welles. 1941.

[v] “A un francés como yo, de pura tradición cartesiana e imbuido de racionalismo le resultaba imposible entender a Freud” (palabras a Huston con motivo del rechazo del guión. En: Lévy: 2001, 239)
[vi] El teatro y el cine son prácticas discursivas - textos destinados a la comunicación - actuando desde dispositivos y redes distintas. Sobre la pantalla o la escena ambos forman un discurso que comparte la condición de ser acontecimientos representativos. Como prácticas se diferencian sensiblemente en la modalidad de sus enunciaciones y sobre todo en los usos a los que sus productos están sometidos en la pragmática de sus manifestaciones. El cine a diferencia del teatro está condicionado por la presencia de un “punto de vista” (el objetivo de la cámara) y por un consiguiente conjunto de características perspectivas y antropocéntricas que marcan las imágenes.Atendiendo a las diferencias de los materiales significantes implicados en estas diversas prácticas y, sobre todo, en cuanto al nivel de las instancias pragmáticas que presiden los intercambios correspondientes de comunicación; el teatro y el cine pueden en tanto ser considerados como aferentes en un mismo principio semiótico, como modalidad técnica y social distinta de un único fundamento ordenador, formalizable en la noción de ‘puesta en escena’. La ‘puesta en escena’ que les caracteriza consiste en la organización productiva de un discurso, en la constitución de un espacio representativo, expresivamente autónomo respecto a cualquier referencia externa al procedimiento semiótico puesto en acción.
[vii] En el campo de los estudios cinematográficos el traslado de un texto fuente a un texto destino se nomina transposición y en primer lugar tiene en cuenta que en él, opera un cambio de soporte. “El cambio de la materia de expresión comporta radicales innovaciones pragmáticas que, desordenando el acercamiento al significante y el uso del texto, coloca la nueva producción de sentido en un ámbito de débil derivación genética, pero de fundamental autonomía semiótica, respecto al discurso originario.”   (Bettetini: 1996, 87.) 
Actualizado ( Viernes, 10 de Julio de 2009 22:50 )
 
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